Angélica Guzmán Miralles

El pasado día cuatro de junio, una mujer fue asesinada (no murió, ni falleció ni ninguna de los tibios eufemismos tras los que se esconden estas miserias en los medios de comunicación) a manos del exmarido de su hermana. Han leído bien DEL EXMARIDO DE SU HERMANA. Lo escribo con mayúsculas por si no les ha quedado lo suficientemente claro la primera vez.

El verdadero objetivo de este malnacido era su antigua pareja, pero, al no encontrarla, se ensañó con el pariente más cercano y más vulnerable, porque no tenía protección. ¡Un aplauso para este cobarde! Porque eso es lo que es, una alimaña. Pero, ustedes, quienes no consideran a Ana Belén una víctima de la violencia de género no son mucho mejores.

No quieren estropear sus estadísticas, esa ya de por sí penosa ristra de cifras que reemplaza los nombres por dígitos, que es de lo que va: votos, muertos, sueldos, lectores, electores, visitantes, militantes, productores, consumidores… Números. Pues lamento comunicarles que somos mucho más. Detrás de cada símbolo hay una persona, una vida, un alma que siente, piensa, padece, se relaciona, se comunica, tiene cara y deja un hueco, como el de Ana Belén.

Pónganle nombre, señores, a ver si así consiguen comprenderlo mejor, aunque lo dudo porque de no hay, no se puede sacar. Ana y yo no éramos las mejores amigas; era una compañera de italiano, y se sentaba dos sillas al lado de la mía. E

ra muy reservada, pronunciaba las erres de una manera peculiar, pensaba que la entrada de España en el mercado común europeo fue un acierto y le gustaba mucho bordar (gracias a ella aprendí este verbo, ricamare, que no olvidaré jamás) Qué cosas, ¿verdad? Les parecerá una tontería, pero esto es parte de Ana, nuestra Ana. La Ana que perdurará en nuestras memorias, siempre joven porque así permitieron ustedes que se fijara para los restos.

Les guste o no Ana es una víctima, no sólo de un loco violento al que se le cruzaron los cables sino de sus políticas de mierda y de sus mamoneos; de su falta de sensibilidad y de sus recortes; en pocas palabras, de su desvergüenza.

Hay que ser desalmado para decir que esta mujer no es una damnificada de la violencia de género. Sepan que Ana Belén era mucho más que una posición en un listado, que unas iniciales en un diario o que el bulto envuelto en una sábana blanca al que nos quieren reducir.