Rafael Silva


De un tiempo acá, sobre todo con el auge de los movimientos y partidos de la extrema derecha, estamos asistiendo a un creciente movimiento ultra, más misógino si cabe, que acapara nuevos adeptos y se crece. Básicamente, no deja de ser una reacción frente a los avances que los movimientos feministas han conseguido.

El caso más reciente lo representa Vox, pero antes de Vox ya teníamos al PP, después a Ciudadanos, y por supuesto, a toda la caverna mediática aliada con ellos, a diversas organizaciones retrógradas (como Hazte Oír, que tuvo su protagonismo mediante diversas campañas antiLGTBI), y cómo no, al gran actor institucional por excelencia, como es la Iglesia Católica, verdadera avalista del espíritu nacionalcatólico que devolvió a las mujeres a sus casas, a cuidar de sus maridos y a la crianza de sus hijos durante la dictadura franquista (baste recordar los postulados de la Sección Femenina franquista, que parece que algunos Obispos no han superado). Pero en realidad, lo que todos estos actores denominan como “ideología de género” simplemente no existe. Es una invención, una denominación reaccionaria para catalogar de forma despectiva todos los avances en igualdad que las mujeres han conseguido durante las últimas décadas.

En cambio, lo que sí existe, y que toda la cultura machista y misógina se niega a reconocer, es la ideología patriarcal. El sistema de dominación heteropatriarcal (que nosotros hemos desarrollado en esta breve serie de dos artículos) es lo que determina todo nuestro entorno cultural de dominación sobre las mujeres, en prácticamente todos los ámbitos de la vida. Se trata de un atávico sistema de relaciones sociales y sexo-políticas que domina la cultura de las sociedades desde tiempos ancestrales. Básicamente, este sistema permite que los varones opriman a las mujeres, tanto de forma individual como colectiva, y se apropien de su fuerza productiva y reproductiva. Sus puntales se basan en la aceptación de un único modelo de familia universal (compuesto tradicionalmente por una pareja heterosexual y sus posibles hijos), así como en la perpetuación, reparto y legitimación social de una serie de roles para hombres y para mujeres. Esta ideología patriarcal es responsable, entre otras discriminaciones laborales para las mujeres, de la brecha salarial, de la división sexual del trabajo, de la feminización de la pobreza, del techo de cristal, etc. Es igualmente responsable, entre otras explotaciones capitalistas del cuerpo de las mujeres, de la prostitución, de la industria pornográfica o de las gestaciones de alquiler. Y es también responsable, entre otros ataques sociales a las mujeres, del acoso callejero, del lenguaje sexista o de los abusos y agresiones sexuales a las mujeres.

Y por supuesto, el heteropatriarcado es también el responsable de la consagración de toda una “hegemonía de la masculinidad”, que cuando toca al ámbito privado, puede llegar a su máxima expresión en la violencia de género, en los feminicidios. Este terrorismo machista es el responsable de la muerte de decenas de mujeres cada año, ante la estupefacción y el horror de sus seres queridos, y la indiferencia (cada vez menor, afortunadamente) del resto de la sociedad. Y es que todo sistema de dominación (y el heteropatriarcado lo es) necesita emplear la violencia de un modo u otro para imponerse, y después para poder mantenerse en el tiempo. Culturalmente, sigue muy viva la idea de que los hombres disponen de ciertos derechos sobre las mujeres con las que se relacionan sexual y afectivamente, y esto redunda en cierta tolerancia social cuando el maltratador o asesino en cuestión no puede soportar el hecho de que “su” mujer le haga saber que ya no le pertenece. Ello va también unido a la tolerancia institucional y política, e incluso a la propia tolerancia de los medios de comunicación, que suavizan el lenguaje para referirse a estos macabros hechos. Así, pues, en realidad, ellos matan por una determinada idea política, por esta ideología que consagra el modelo patriarcal.

La lectura de la violencia de género debe ser, por tanto, una lectura política, y precisamente es esta carga política (la ideología patriarcal) la que la extrema derecha se esfuerza en ignorar. Es su ideología patriarcal la que les lleva a minimizar los asesinatos machistas (desviando la atención al compararlos con otras muertes, por ejemplo las de accidentes de tráfico), la que les lleva a atacar a los modelos de familia que rompen con el esquema tradicional (de ahí su profundo rechazo al mundo LGTBI), la que les lleva a mezclar el terrorismo machista con otros asesinatos del mundo doméstico, la que les lleva a maximizar las supuestas “denuncias falsas”, la que les lleva a tener en cuenta el falso Síndrome de Alienación Parental, la que les lleva a no reconocer una violación (y tildarla como abuso sexual), y un largo etcétera de aberraciones contra las mujeres. Frente a todo ello, defendamos y luchemos por la difusión del feminismo, y hagámoslo de forma transversal en nuestra sociedad, es decir, invocando en todos los órdenes la perspectiva de género. Partamos de la idea de que la mujeres son atacadas por serlo, y de que tenemos que erradicar este injusto y anacrónico modelo heteropatriarcal que marca nuestras vidas y proyecta la injusticia y la desigualdad entre sexos en nuestra sociedad. No existe por tanto la “ideología de género”, pero sí la ideología patriarcal, y debemos acabar con ella.