Por Eduardo Cristobal de Lucas

“Venga, ¿pedimos otras tres cervezas?” – dijo Fede a sus dos amigos mientras apuraba las últimas gotas de su jarra. – “Es cierto que  las holandesas no están, pero una cerveza es una cerveza y no hay que desaprovechar la oportunidad de tomarlas” – continuó diciendo mientras reía y miraba a sus amigos a la vez que se dibujaba una mueca en su cara.
“Venga voy a pedir otras tres e invito yo, pero con una condición” – respondió Cherinov a sus amigos al tiempo que les guiñaba un ojo. – “Que me contéis la historia de Ámsterdam, ya sabéis lo que me gustan esas ardientes historias… cabrones, ojalá hubiera podido ir con vosotros” – finalizó riendo antes de encaminarse a la barra a por tres jarras de fría cerveza.

Tras haber pagado la bebida, Cherinov se impacientó y les exigió a sus amigos que cumplieran su parte del trato, los nueve euros con sesenta céntimos que acababa de gastar daban cuenta de que él había cumplido con su parte, y para una vez que invitaba no se quedaría de brazos cruzados.

“Es algo de lo que no me siento muy orgulloso, habíamos bebido mucho, yo apenas podía pensar claramente con tanto alcohol ingerido – empezó Pablo. Nos conocemos desde niños Cherinov, y sabes como soy, no me gusta tratar a la mujeres como ganado, pero no sé qué me pasó, en esos momentos no parecía ser yo mismo” – intentaba justificarse Pablo con su mejor amigo.
“Venga déjate de mariconadas, que ya nos conocemos Pablito, primero lanzas la piedra y luego escondes la mano…” – respondió Cherinov al tiempo que todos sonreían.

“Era nuestro cuarto día en aquella libertina ciudad, ya habíamos probado otros manjares que también son legales allí; ese día al igual que el resto de los que llevábamos por Flandes estaba nublado, el cielo en permanente oscuridad, y por las mañanas con una niebla semejante a cuando te levantas de resaca esos días que salimos por los bajos de Argüelles…” – los tres amigos rieron y Pablo continuó.

“Sin embargo, ese día el tiempo era algo peor, hacia más frio y no paró de llover. Después de comer, decidimos empezar a beber, asique entramos en una típica taberna cercana al puerto de la ciudad; era extremadamente pequeña, diría que diminuta en comparación con las cervezas que ofrecían, además el mobiliario parecía que no había sido renovado desde el plan Marshall, incluso la ropa del dueño aparentaba ser de otra época. La iluminación recuerdo que brillaba por su ausencia, y era como si hiciera juego con el clima de la ciudad.

Todo este lúgubre y peculiar paisaje estaba acompañado por nuestras grandes jarras de cerveza, que íbamos devorando una tras otra sin parar, a un buen ritmo. La verdad que no recuerdo de lo que hablamos, puede ser que de política, viajes futuros o mujeres…” – hizo una pausa para beber un largo trago.

“Pablo, recuerdas que a la cuarta jarra entraron esas dos mujeres holandesas, una con un pico por nariz y la otra con unas gafas que parecían de buzo…” – dijo Fede mientras reía a carcajadas.

“Y justo después de que intentases hablar con ellas sin éxito, se te ocurrió la idea de pasarnos por el barrio rojo a ver mercancía de calidad” – respondió Pablo.

“Por lo tanto nos dirigimos a tan famoso barrio, no sin antes parar tres o cuatro veces más en alguna otra taberna semejante para no caer desfallecidos por la falta de líquidos en nuestro cuerpo.  Bebimos mucho y bien, nadie recuerda cuantas jarras fueron, o si después llegaron nuestros amigos los cubatas, pero el caso es que para cuando llegamos a aquel barrio, nadie era la misma persona de esa mañana.
Cruzamos un típico puente holandés, y lo primero que divisamos fue un montón de tiendas de color rojo, ahora entendemos el nombre que tiene el barrio…
La primera tienda que vimos estaba a nuestra derecha, y en su escaparate se mostraba su infravalorado producto, al principio todos pensamos que vendían ropa interior para mujer, cosa que nos extrañó por la hora, eran más de las doce la noche. Asique continuamos andando por esa calle, viendo más escaparates.
A la tercera vidriera, apreciamos que los maniquíes se movían, y supimos que habíamos llegado a donde queríamos.
Los productos, parecían perfectos, como si fueran muñecas de porcelana recién sacadas de la fábrica, al principio te repito que las confundimos por maniquíes de verdad. Había de todo tipo, rubias, morenas, pelirrojas, de piel blanca, negra, europeas, africanas, sudamericanas, y un largo etcétera. Todas estaban organizadas como en un gran centro comercial; solo faltaban dependientes para preguntar… “¿Por favor la sección de rusas tetonas?” ” – Cherinov tenía la boca abierta y parecía sonreír de oreja a oreja.

“Entonces Miguel vio una chica en la sección de latinas, se acercó al escaparate y preguntó: “How much?” a lo que la joven le respondió no recuerdo el qué, pero el caso es que se despidió de nosotros y entró dentro de la tienda decidido a usar su producto recién adquirido.
Fede y yo seguimos andando por la calle y al girar la calle entramos en lo que parecía ser la sección de los países del este, eran jóvenes, exuberantes, con grandes atributos femeninos, rubias y todas de piel blanca como las muñecas de porcelana.
Fede se fijó en la única morena que había en aquella sección, como si al colocar los productos en el supermercado se hubieran confundido y estuviera infiltrada; realizó la misma pregunta que tanta gente repetía por aquellas calles y entró a la tienda como tantos otros.
Entonces me quedé yo solo, en mi interior una voz me decía que me fuera de aquella Sodoma, pero justo en el momento que esos pensamientos se paseaban por mi mente, escuché una dulce voz a mi espalda; no entendí lo que decía, pero era como una melodía de sirenas que hicieron que me girara y me acercara a tan cautivadora tentación.
Al llegar a la puerta de su tienda, salió de su vitrina y se acercó a mi diciéndome no sé qué, yo recordaba las palabras que tanto había oído aquella noche, y sin pensar lo dije; “How much?”, a lo que ella respondió, “It’s one hundred euros”, y quizás nublado por la bebida, conteste diciendo “ok”.”

¡Ring! ¡Ring! ¡Ring! ¡Ring!
“¡Joder!” – exclamó Cherinov mientras rebuscaba en su bolsillo. –  “¡Quién cojones será ahora!”- miró el número, y dijo – “¡Buah! Es mi hermana, será para decirme que se pasa a tomar algo por aquí, acaba de llegar y ya me está dando la brasa sin parar. Sigue Pablito. ” – finalizó Cherinov.

” Cuando entré con la mujer en su establecimiento, ella corrió la cortina del escaparate tapando el interior, y para mi sorpresa aquello era todo, era increíble, no pensaba que aquello fuera así de frío, literalmente frío, porque recuerdo que no tenía ni calefacción y era pleno invierno; la verdad que no sé cómo aguantan en ropa interior con esas temperaturas tan bajas.
El local tenia al fondo a la izquierda una inocente cama, a la derecha tenía un bidel para que los clientes y ellas se lavaran antes de cada venta de su cuerpo, y al lado tenía una mesa de madera, sobre la cual había todo tipo de utensilios necesarios para ofrecer un buen servicio a sus clientes; preservativos, cremas, lubricantes, toallitas y demás productos de limpieza. Junto a la mesa, había una sencilla silla y ya sin más espacio estaba el escaparate donde se ofertaba como producto aquella misteriosa mujer con la que estaba. Nada más entrar, dejé el dinero acordado sobre aquella mesa, tras lo cual ella dijo algo que de nuevo no entendí y señaló a la silla, yo imaginé que era para quitarme la ropa y dejarla allí, asique lo hice; después ella señaló al bidel y comprendí que quería que me lavara. Un instante más tarde, ella se quitó la poca ropa que llevaba y se lavó igualmente.
Yo me senté en la cama, no imagináis que dura estaba aquella cama, parecía de piedra, no imagino tener que dormir en un sitio así. Mientras se acercaba a mí, me fijé en un gran tatuaje que tenía, era una estrella fugaz, estaba dibujada sobre su pecho izquierdo y la estela del objeto celeste atravesaba su blanco brazo hasta el codo. Ella se sentó junto a mí, y procedió de forma mecánica a realizar su trabajo. Al igual que el clima, su forma de actuar conmigo durante todo el tiempo que estuvimos allí dentro era helado, fue como si fuera una máquina, no parecía humana; a mitad de aquél trabajo automático miré sus ojos y los tenia cerrados, su rostro reflejaba tristeza, pero era una tristeza robótica. De forma instintiva la intenté tocar con mi mano derecha pero ella dijo “Don’t touch”.


Volví a mirar sus ojos poco después, y en una ocasión vi cómo se deslizaba por su ojo izquierdo lo que parecía una lágrima, pero rápidamente ella se frotó el ojo con su mano, mientras movía su cintura sobre mí de forma automática, como si su cuerpo actuara al margen de su mente.
Aquello era demasiado para mí, ya me conocéis y soy un macho ibérico, pero aquel día… esa mujer no parecía humana… Quizás fue la cantidad de alcohol que injerimos a lo largo de aquel día, o su forma de actuar como un robot, como una máquina carente de alma, en vez de como una mujer humana; el caso es que mi cuerpo no fue capaz de reaccionar. No fui capaz de rematar la jugada como un hombre.

Después de media hora exacta, aquella robótica mujer señaló su reloj y sin yo haber podido hacer que mi cuerpo reaccionara, se levantó de la cama y procedió a realizar su habitual ritual tras ofrecer ese mecánico servicio, limpiarse, vestirse y esperar a que su cliente se vista y se marche, para volver al escaparate como producto”.

Jajajajajaja… –  rio y rio Cherinov, casi a punto de caerse de la silla.
“Al final elegiste la peor de las mujeres… jajajaja… pide la hoja de reclamaciones, tendrían que garantizar el éxito del servicio… jajajajaja…”

Fede y Cherinov reían y reían mientras Pablo miraba amargamente hacia la puerta del bar, cuando en ese momento vio algo que le dejó sin aliento.

No podía ser, pensó. Como podría haber llegado hasta aquel pequeño bar de barrio de Madrid esa pálida mujer… Pero sí, aquel dibujo que recorría su hombro izquierdo le recordaba a una estrella fugaz, aunque no se apreciara bien el tatuaje, aquel triste rostro no podía olvidarlo. Para su sorpresa se acercó a la mesa donde estaban los tres sentados.
¡Quizás me ha reconocido! – volvió a pensar Pablo al tiempo que se giraba velozmente antes de que ella pudiera verlo.
Cuando estaba justo a su lado, Cherinov se levantó de un salto y les dijo: “Os presento a mi hermana recién llegada de Europa. Siéntate aquí al lado de Pablito, que vamos a contarte la gran historia de estos dos personajes por Flandes” – le dijo Cherinov a su hermana mientras ésta se giraba para saludar a Pablo.
“¿Y ese tatuaje que te has hecho es nuevo?, ¿qué es? No se ve bien…” – finalizó Cherinov a la vez que su rostro empezaba a mostrar una cierta preocupación.