Ana Morán

Paciencia niña, paciencia, todo tiene su momento. Mi abuela me repetía esta frase para tranquilizarme durante mis ataques de rebeldía adolescente. Aún resuenan en mis oídos esas palabras, como si de un mantra se tratase, rememorando un tiempo que no volverá, esos momentos de descubrimiento, de asombro, de ilusión, de expectación, que no regresarán, pero me transportan a una etapa donde las obligaciones, las responsabilidades no eran otras que estudiar y vivir: el tiempo suspendido.

Han pasado más de treinta años e imagino la sonrisa abierta de mi abuela, el brillo de sus ojos negros y su satisfacción por el cambio de presidente. Ella con su paciencia inaudita cultivada y perpetuada por años, décadas de vivencias en una España oscura y dividida,  un país con colas del hambre y cartillas de racionamiento, callado y sumiso, patriarcal y esclavizado, de vencedores y perdedores. Abrazó la democracia como esperanza de cambio, de progreso, de ilusión porque su descendencia pudiera tener todo lo que ella necesitó, fundamentalmente libertad.

Eso nos ha pasado a todos nosotros, las personas de este país que durante años hemos asistido a una pérdida de derechos y libertades, a una crisis económica con consecuencias brutales sobre la ciudadanía, a un incremento de las grandes fortunas, a una estela de corrupción imparable, a un abuso de poder continuado, y temiendo que fuera interminable.

Pero la peor parte se la han repartido las otras y los otros.

Las otras son las personas con discapacidad, las que han sufrido recortes en las ayudas económicas a la dependencia, que son cuidadas por familiares, que, en muchos casos, han tenido que abandonar sus empleos o reducir su jornada laboral.

Hemos asistido atónitos al olvido continuado de muchos otros, nuestros muertos en las cunetas, y, cómo han incumplido reiteradamente la Ley de Memoria Histórica.

Las otras son ellas, las agredidas, violadas o asesinadas que no tuvieron la suficiente protección de las instituciones públicas, esas mismas para las que se ha diseñado un Pacto de Estado sin desarrollar legislativamente y con dotaciones económicas cuyas cifras han ido bailando al antojo del gobierno. Otros y otras son los huérfanos y huérfanas que sobreviven gracias al resto de sus familias; sí, niños y niñas olvidados sufriendo las terribles consecuencias de la desprotección más inhumana.

Hemos comprobado como esas otras, las madres que padecieron el secuestro de sus hijos e hijas, sólo encuentran trabas y oscuridad donde tendría que brillar la justicia.

Las estadísticas nos dejan cifras alarmantes sobre la inmigración, personas que con el único deseo de sobrevivir ponen su vida en peligro para acudir a un país que no les protege, que le coloca alambradas y les golpea. Ese mismo país que ha incumplido los porcentajes de acogida de personas refugiadas, y, que asiste impotente a ver convertido sus mares en un gigantesco cementerio.

España, en los primeros puestos mundiales del negocio de la trata de personas, en su mayoría mujeres y niñas, empujadas a la prostitución, engañadas, violadas cada hora de cada día interminable, hacinadas en condiciones infrahumanas, sin posibilidad de salida, drogadas, aterrorizadas, amenazadas. Ellas también son las otras.

Nos han cercenado el derecho a la libertad de expresión eligiendo qué debemos decir, cómo debemos reunirnos o manifestarnos, y, vapuleando nuestro derecho a disentir, a protestar.

Los otros y las otras podemos ser cualquiera, pero eligieron unas cuantas cabezas de turco para lanzarnos un aviso.

Otros somos los que nos levantamos cada día para trabajar y pagar impuestos desiguales según nuestro poder adquisitivo, pero siempre ganan las otras, las sociedades y empresas que fomentan y sostienen el capitalismo salvaje donde estamos inmersos. Pequeños autónomos asfixiados y cerrando negocios, y, grandes empresarios aprovechando las consecuencias de la crisis para enriquecerse aún más.

También están esos otros que no pueden ir a trabajar, pero que buscan incansablemente una salida a su situación, que se caen y se levantan, que llenan los comedores sociales, que acuden a recoger bolsas y carros para el sustento de sus familias.

No incrementar las pensiones de nuestros mayores o de las personas cuya enfermedad o discapacidad les impide trabajar, ha sido una irresponsabilidad imperdonable. Esos otros y otras que algún día seremos, que han pasado toda la vida  empleados, cumpliendo obligaciones y cotizando al sistema, han sentido el ninguneo de un gobierno que nos invita al ahorro.

Han permitido que la salud mental sea la peor tratada del sistema sanitario, ese que han esquilmado, que han tratado de privatizar, y, ha provocado muertes, las mismas muertes que la pobreza energética o de personas dependientes desprovistas de protección.

Muchos otros y otras han emigrado con títulos universitarios en las maletas, para trabajar en restaurantes y bares en países de esa Europa que tanto nos han ensalzado. Estudiantes que vieron cómo endurecieron las condiciones de acceso a las becas, cómo recortaban sus asignaciones, y, cómo la investigación se infradotaba porque no confiaban en ella.

Por ellas y ellos, por todos nosotros espero que soplen vientos de cambio, que este gobierno escoja el camino adecuado, que cuente con los apoyos necesarios y que no se olvide de los millones de personas de este país, porque hoy son ellos y ellas, pero mañana cualquiera de nosotros podemos formar parte de esos otros y esas otras.