Iria Bouzas

Cada día es aún peor que el anterior cuando eres militante feminista. Se recrudecen los insultos, los ataques, la ira, las campañas de desprestigio, el desgaste a nivel personal, las amenazas y el acoso.

Cada día alguna compañera a la que quieres llora y se viene abajo, porque hay momentos en que esto resulta totalmente insufrible.

Ilustración de Javier F. Ferrero

Muchos quieren que paguemos un precio por nuestra lucha pero lo que no han entendido todavía es que el precio lo hemos estado pagado durante siglos y ahora, hemos venido a reclamar lo que es nuestro por derecho.

Y no vamos a dejar de hacerlo por mucho que nos intenten callar a base de liquidarnos a nivel individual, porque por más listos que se crean algunos, todavía no han entendido donde reside verdaderamente nuestra fuerza.

Se llama sororidad. Repitan conmigo SO-RO-RI-DAD

Si yo caigo, si un día no puedo más, si decido que no merece la pena, si quiero llorar hasta quedarme sin agua en el cuerpo entonces, sin pedirlo, inmediatamente aparecen compañeras por todos los lados abriendo los brazos para recogerme y volver a ponerme en pie.

Compañeras que en lugar de querer limpiarme las lágrimas, me recogen la cabeza en sus hombros y me dejan llorar ahí hasta que vean que me he quedado tranquila.

Luego, simplemente me preguntan qué necesito y me dejan en un entorno seguro hasta que me vuelvo a levantar con ganas de cambiar el mundo.

Funcionamos así y es por eso por lo que no están consiguiendo frenarnos por más que lo intentan. ¡Y vaya si lo intentan!

No somos un movimiento perfecto. No tenemos un pensamiento homogéneo. No todas nos llevamos bien y no todas nos queremos, pero cuando una cae, sin distinciones, el resto de compañeras corremos a levantarla.

Se van a cansar ustedes y nos van a agotar a nosotras. Pero al final seremos nosotras las que hayamos cambiado cosas.

¿Se suman o van a intentar seguir restando?