Hacía tanto frío que dejé de sentir las manos. Durante unos segundos podría haber jurado que ya no estaban allí, al final de mis brazos. 

Pasaron los minutos. Uno tras otro, y yo seguí allí, de pié, helada, mirando a la gente pasar. 

Era tardísimo pero daba igual, un fin de año cualquiera con las calles de aquella ciudad mucho más llenas de gente que un día normal por la mañana. 

Me dolían las piernas, me dolía la espalda y sobretodo me dolía la vida, pero allí seguía, de pie minuto tras minuto esperando verte llegar. 

Sabía que no ibas a venir. Desde el momento en el que te conocí supe que estar contigo iba a suponer estar sola, siempre sola incluso cuando estaba rodeada de gente y sobre todo, sola cuando tú estabas a mi lado. ¿Recuerdas qué te contesté sentada en aquella playa a todas tus advertencias sobre lo mucho que me ibas a hacer sufrir?  

“Sé lo que me espera, pero no me importa, quiero estar contigo” 

Nunca miento pero ese día mentí. No tenía ni idea de que lo me esperaba. 

Las mentiras siempre se pagan y yo, allí, de pié, dolorida y helada sabía que aquel no era más que otro plazo de la factura que me tocaba abonar. 

La gente pasaba, gritando feliz. 

No me dolía la felicidad de los demás. Eso era algo que nunca fue para nosotros, la gente importante no puede ser feliz. Yo, tal y como te encargabas de recordarme a cada rato, no era una persona importante pero tú sí lo eras, y lo eras tanto que tenías infelicidad de sobra para repartir entre los dos. 

“Sé lo que me espera, pero no me importa, quiero estar contigo” 

Pero algo me dolía y no era capaz de entender que podía ser. Si había aceptado la soledad, si había asumido mi infelicidad ¿Qué era aquello que no dejaba de hacerme daño? 

El frío de las noches de invierno es muy difícil de soportar, pero cuando lo mezclas con la humedad y la salitre, es ya inaguantable. Pero pese a que se estuviese metiendo por cada recoveco de mi cuerpo, quería seguir allí de pié sintiéndolo hacerme daño. A veces, un dolor te puede alejar por un momento de otro. 

Por delante de mí pasaban familias enteras, parejas mayores abrazadas, niños disfrazados, jóvenes borrachos llenos de euforia, incluso las gaviotas que planeaban cerca de los contenedores de la basura parecían estar celebrando la Nochevieja 

No venías y no me sentía engañada. Nunca me engañabas. Habías dicho que ibas a venir, me habías dicho que te tenía que esperar,  pero yo sabía que no lo ibas a hacer. Así que no tenía nada que reprocharte. Pero algo seguía doliendo y me desesperaba no saber qué era lo que me estaba destrozando por dentro. 

Podía con el dolor pero no soportaba pensar más. Cuando no quiero pensar siempre me muevo. Mi hiperactividad se vuelve algo cercano a la demencia cuando necesito hacer callar a mi cabeza. No había otra cosa que hacer que echar a andar y volver a casa. Caminando cada vez más deprisa, intentando no llorar e intentando no gritar. 

Cuando llegué a mi portal vi que aquel maldito coche oscuro con las lunas de atrás tintadas, estaba esperando en la puerta. ¡Cómo odio esos coches aún ahora cuando los veo circulando por ahí! 

Aquel maldito coche estaba allí, contigo esperando dentro enfadado como un loco. Enfadado como solo la gente importante sabe enfadarse cuando las cosas no salen como ellos quieren. Siempre he sabido que nunca voy a llegar a dejar de ser una doña nadie porque nunca he aprendido a enfadarme como eras capaz de hacerlo tú. 

Creo que nunca llegué a decirte que tenías un tic. Cuando te enfadabas tanto que sentías que no ibas a poder controlarte, te quitabas la corbata y la doblabas tres veces. La dejabas a un lado y luego, supongo que cuando habías dominado tu enfado o cuando lo habías descargado sobre mí, volvías a ponértela muy despacio. Te vi ese tic muchísimas veces hablando por teléfono o de vuelta en el coche después de una cena o comida de esas en las que yo nunca entendía del todo bien que estaba pasando realmente y siempre terminabas volviendo a ponértela muy despacito mientras yo, intentaba no llorar demasiado fuerte. 

Mientras salías del coche, te vi sacarte la corbata y doblarla tres veces y me temblaron las piernas. 

No recuerdo la bronca. No recuerdo demasiado del resto de la noche. Mi cerebro parecía apagarse en parte cuando el miedo empezaba a recorrerme el cuerpo. 

Recuerdo que un poco más tarde, cuando ya estábamos dentro del coche, en algún momento se puso a llover. Recuerdo el paisaje gris que veía a través de la ventanilla. Recuerdo un hotel pero ni siquiera podría decir en qué pueblo o ciudad estaba. 

Recuerdo tu mano en mi pierna. Recuerdo extrañarme al verte conducir a ti. Las personas importantes no soléis conducir, os llevan de un lado a otro y os abren la puerta para que entréis y salgáis del coche. 

Recuerdo pensar que necesitabas afeitarte mientras me besabas antes de hacer el amor. “El amor” una expresión preciosa para el sexo que venía después del daño. Hacer el amor no debería doler, pero dolía y mucho. 

Recuerdo levantarme para ir al baño cuando ya llevabas un buen rato dormido. 

Mientras salías del coche, te vi sacarte la corbata y doblarla tres veces y me temblaron las piernas. 

Recuerdo mi imagen en el espejo, ¡Qué niña y qué bonita era aún! 

Me preocupaba mucho uno de los golpes. El resto se podía tapar, pero aquel se veía demasiado.  

Miré en mi bolso a ver si tenía suficiente maquillaje. Al día siguiente seguro que te ibas a empeñar en ir a comer a algún restaurante caro, y aquel golpe iba a estar oscuro y feo y no podía dejarse así a la vista. 

Cuando encontré un poco de crema con la que poder disimular aquel golpe, volví a la cama y me tumbé a tu lado. 

La calefacción de la habitación estaba a tope, te veía sudando mientras dormías y en cambio yo, temblaba de frío. 

¡Soledad y frío! Esas eran las dos cosas que no me dijiste que me esperaban a tu lado aquella sentada en aquella playa la primera vez que te dije “te quiero”. 

Me dormí sin acordarme de pedirle ningún deseo al año que acababa de nacer aquella noche. Siempre he pensado, que los malditos no podemos pedir deseos.