El otro día leí una noticia donde varias chicas narraban cómo se les había arruinado la vida. Y no solo eso, sino cuán culpables se sentían por haber podido dar pie a que les hayan destrozado su juventud. Me llamó la atención y pinché en el enlace, en el artículo había numerosos relatos sobre cómo diferentes estudiantes habían sufrido sexting. Se habían intercambiado con sus parejas sexuales -en las que confiaban- varias fotos y vídeos de sus cuerpos desnudos; otra contaba como su pareja decidió poner una cámara oculta para grabarse mientras mantenían relaciones -evidentemente sin el consentimiento de ella-, como os podéis imaginar, ellos habían difundido estos materiales hasta que llegaron a webs pornográficas amateurs hasta un punto incontrolable; estas chicas jamás tendrán derecho al olvido en la red.

¿Y hasta ahora no os preguntáis nada? Yo sí. Cuando acabé de leer todos los relatos me pregunté; si cuelgan un vídeo donde dos personas (hombre y mujer) mantienen relaciones sexuales y se difunde por los círculos cercanos de ambos; ¿por qué es la mujer la que se tiene que sentir no sólo culpable, sino a la que toda la sociedad acaba señalando con el dedo? ¿Por qué no conocemos ningún hombre al que se le haya arruinado la vida porque hayan publicado fotos de sus genitales en internet?

Cuando me hice estas preguntas intenté rebobinar lo máximo posible, hasta el último ciclo de primaria, y pensé ¿cómo me sentía yo respecto a mi sexualidad entonces? Y recordé, y odié no haber tenido formación feminista desde que tengo uso de razón. Recordé que a las niñas se nos enseña que tenemos que ser castas, puras, dulces, tener cuidado y mantenernos modositas, tapadas, no dar pie a que los niños nos levanten la falda, nos manoseen o juzguen nuestra sexualidad. Recuerdo que había un juego, que ahora me parece horrible, donde los niños mediante un simple algoritmo matemático alcanzaban un número de dos cifras; por ejemplo, el 43. Para llegar a este número y acabar el juego, los niños tenían que tocarnos el culo, los pechos o la vagina; cada parte valía 1, 2 y 3 puntos respectivamente. Nos sobaban y nosotras casi nos veíamos obligadas a sentirnos felices porque un niño quería tener contacto sexual con nosotras.

También recordé cómo las niñas -y no los niños-, en 3º de primaria comenzaban a usar desodorante, bálsamo labial con color y ¡sujetadores! No teníamos tetas, pero debíamos llevarlo para no ser juzgadas en el colegio. Me pregunto si algún niño se sintió juzgado alguna vez por llevar la ropa interior que le diese la gana. Lamentablemente vuelvo al presente y veo que es peor. Laura pasa ahora a 5º de primaria, pero en 5 años las niñas llevaban desodorante a la clase de educación física, y parte de arriba del bikini a los cumpleaños hechos en piscinas. Laura no pudo luchar contra la sociedad patriarcal y tuvo que hacer un descanso sólo con 7 años. Excepto cuando está con mujeres feministas que también se sacan la parte de arriba del bikini y le explicamos que nuestro cuerpo no es delito y que sólo se tapa cuando una lo desea.

Laura, al igual que yo, también se siente gorda, fea, y siente esa necesidad de gustar. Una vez, su jefe de mesa del comedor escolar le dijo: “nunca vas a tener hijos y nunca nadie te va a querer, ¡fea!”. Cuando el género opresor, del que forman parte también los niños por culpa de la sociedad, nos increpa de esta forma tan burda nosotras tendríamos que saber contestar o actuar; a las niñas nos deberían explicar que nuestros deseos y objetivos marcados por el capitalismo han de deconstruirse. Los niños interiorizan muy bien los roles marcados, ellos se saben con objetivos laborales y vitales ambiciosos, nosotras nos marcamos los objetivos más abajo: tener hijos y alguien que nos quiera; y por eso nos atacan con eso.

Cuando comenzamos a sexualizar a nuestras niñas con 5 años, comprándoles sujetadores de bikinis (¿para tapar qué?), utensilios de belleza -no como un juego, sino como una prioridad que marcará el resto de su vida-, cosmética etc; estamos enseñándoles a crear una relación con su cuerpo muy diferente a la que les enseñamos a los niños.

Les enseñamos que su cuerpo es un tabú, que puede ser cuestionado y que puede ser usado y juzgado por los niños. Los niños nunca tienen tabú sobre sus cuerpos, al contrario, los usan para incomodar a las niñas haciendo exhibicionismo: nos enseñan el culo o el pene y a todo el mundo le parece gracioso. Por eso a ellos nunca les va a arruinar la vida que su pareja sexual difunda una foto de sus genitales, a las mujeres sí, hasta el punto de tener que dejar la universidad o mudarnos de ciudad, perder el trabajo, las amistades y acabar en profundas depresiones por haber fallado al sistema: nuestra sexualidad ha sido disfrutada y difundida y eso, desde que tenemos uso de razón, es pecado.