Por Laura Santos

Os voy a ser sincera: no soy muy amiga de las películas de miedo. Pero al verme inmersa en la vorágine de tiendas preparadas para Halloween y aprovechando que me veía en la obligación de hablaros sobre ella, he decidido acercaros hoy a la impresionante El silencio de los corderos. Porque sí, porque es maravillosa y porque tiene un personaje femenino (¡y protagonista, ojo!) de esos que se agradece ver en pantalla grande. Además, tampoco estamos hablando en este caso del típico miedo basado en situaciones tremendamente manidas sino de un thriller muy bien manejado y que te mantiene despierta durante todo el metraje.

Esta película de Jonathan Demme está basada en la novela homónima de Thomas Harris y fue estrenada en 1991. Nos narra la historia de Clarice Starling (interpretada por Jodie Foster), una joven experta en conductas psicópatas y aspirante a entrar al FBI que acaba colaborando en la búsqueda de Buffalo Bill, un asesino en serie que mata a sus víctimas y les arranca la piel. Para llevar a buen puerto tan noble tarea, Clarice contará con la ayuda del doctor Hannibal Lecter, un psiquiatra bastante majo si obviamos su obsesión por comer carne humana.

Una de las cosas más interesantes de esta historia, más allá de la búsqueda del asesino en sí, es ver a la agente Starling luchando por hacerse un hueco en un mundo dominado por los SEÑORES®. Clarice tiene su objetivo muy claro y no deja que nada se interponga en su camino, ni siquiera su baboso jefe que es sin duda sobre quien recae el odio de los espectadores durante todo el film. Es casi increíble poder disfrutar de un personaje como el de Starling, que es totalmente independiente y no deja que sus emociones le hagan flaquear, en un terreno como el policíaco donde los protagonistas, por decretazo de vete tú a saber quién, siempre han sido los hombres.

No menos fascinante es la relación que Clarice establece con el personaje de Hannibal Lecter. Desde mi humilde punto de vista, no hay ningún signo de afecto, o de atracción, o de cualquiera de esas cosas que siempre intentan meternos con calzador. En este caso, la relación es de admiración y respeto mutuos. Ella valora las capacidades del doctor como psiquiatra y Lecter es capaz de ver el potencial de la joven agente. Se establece entre ellos un quid pro quo del que las dos partes tienen claras las reglas.

En el terreno de las interpretaciones, tanto Jodie Foster como Anthony Hopkins están SOBERBIOS. Foster sabe transmitir a la perfección la determinación de su personaje, quizás porque ella misma tuvo que luchar por hacerse con ese papel que tanto le había atraído desde que leyese la novela. Hopkins por su parte hace un trabajo brillante con un inteligentísimo villano de exquisitos modales. Como curiosidad comentar que fue el propio actor quien propuso que Lecter vistiese de blanco inspirado en el miedo que él tenía a los dentistas.

Con semejantes condiciones, era de esperar que El silencio de los corderos hiciese historia en los Oscar. Fue la tercera película en conseguir los cinco premios más importantes de la Academia (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actriz, Mejor Actor y Mejor Guión) y una de las pocas cintas denominadas “de terror” que consiguió hacerse con el premio gordo de la noche más importante del cine.

Diez años después de todas estas proezas se decidió adaptar la segunda novela sobre el doctor Lecter, lo que dio como resultado la película Hannibal. En esta secuela, Anthony Hopkins repitió su rol protagonista pero Jodie Foster no pudo retomar su papel, según ella porque estaba inmersa en la grabación de Flora Plum, según las malas lenguas porque se vino muy arriba con las exigencias económicas. Sea como fuere y por mucho respeto que le tenga a su sustituta, Julianne Moore, yo no reconozco ninguna Clarice Starling que no sea la propia Jodie Foster.

Tanto si te atrae la idea de una película protagonizada por una mujer fuerte y decidida como si lo que más te fascina en el mundo son los asesinos caníbales de refinados modales, El silencio de los corderos no te decepcionará.