THURSDAY 16 AUGUST 2018

Una definición no científica de machismo sería aquella teoría política y actitud social que defiende la posición de debilidad de la mujer como fundamento de la supremacía del hombre. Creen que hombres y mujeres son distintos, con roles no intercambiables. En concreto, las funciones masculinas serán las más relevantes a nivel económico, social, etc. Y, por último, basado en dicho e importancia, pueden despreciar, golpear, vejar o incluso matar a la mujer.

Por Javier F. Ferrero

‘La Nueva Manada’. Así se hacen llamar cuatro hombres, entre los que se encuentra un menor, que han sido detenidos por la Policía Nacional de San Bartolomé de Tirajana (Gran Canaria) como presuntos autores de la violación múltiple de una menor de edad. Cuatro hombres contra una niña, los monstruos ya salen de debajo de la cama.

Fin de año

 

Hacía tanto frío que dejé de sentir las manos. Durante unos segundos podría haber jurado que ya no estaban allí, al final de mis brazos. 

Pasaron los minutos. Uno tras otro, y yo seguí allí, de pié, helada, mirando a la gente pasar. 

Era tardísimo pero daba igual, un fin de año cualquiera con las calles de aquella ciudad mucho más llenas de gente que un día normal por la mañana. 

Me dolían las piernas, me dolía la espalda y sobretodo me dolía la vida, pero allí seguía, de pie minuto tras minuto esperando verte llegar. 

Sabía que no ibas a venir. Desde el momento en el que te conocí supe que estar contigo iba a suponer estar sola, siempre sola incluso cuando estaba rodeada de gente y sobre todo, sola cuando tú estabas a mi lado. ¿Recuerdas qué te contesté sentada en aquella playa a todas tus advertencias sobre lo mucho que me ibas a hacer sufrir?  

“Sé lo que me espera, pero no me importa, quiero estar contigo” 

Nunca miento pero ese día mentí. No tenía ni idea de que lo me esperaba. 

Las mentiras siempre se pagan y yo, allí, de pié, dolorida y helada sabía que aquel no era más que otro plazo de la factura que me tocaba abonar. 

La gente pasaba, gritando feliz. 

No me dolía la felicidad de los demás. Eso era algo que nunca fue para nosotros, la gente importante no puede ser feliz. Yo, tal y como te encargabas de recordarme a cada rato, no era una persona importante pero tú sí lo eras, y lo eras tanto que tenías infelicidad de sobra para repartir entre los dos. 

“Sé lo que me espera, pero no me importa, quiero estar contigo” 

Pero algo me dolía y no era capaz de entender que podía ser. Si había aceptado la soledad, si había asumido mi infelicidad ¿Qué era aquello que no dejaba de hacerme daño? 

El frío de las noches de invierno es muy difícil de soportar, pero cuando lo mezclas con la humedad y la salitre, es ya inaguantable. Pero pese a que se estuviese metiendo por cada recoveco de mi cuerpo, quería seguir allí de pié sintiéndolo hacerme daño. A veces, un dolor te puede alejar por un momento de otro. 

Por delante de mí pasaban familias enteras, parejas mayores abrazadas, niños disfrazados, jóvenes borrachos llenos de euforia, incluso las gaviotas que planeaban cerca de los contenedores de la basura parecían estar celebrando la Nochevieja 

No venías y no me sentía engañada. Nunca me engañabas. Habías dicho que ibas a venir, me habías dicho que te tenía que esperar,  pero yo sabía que no lo ibas a hacer. Así que no tenía nada que reprocharte. Pero algo seguía doliendo y me desesperaba no saber qué era lo que me estaba destrozando por dentro. 

Podía con el dolor pero no soportaba pensar más. Cuando no quiero pensar siempre me muevo. Mi hiperactividad se vuelve algo cercano a la demencia cuando necesito hacer callar a mi cabeza. No había otra cosa que hacer que echar a andar y volver a casa. Caminando cada vez más deprisa, intentando no llorar e intentando no gritar. 

Cuando llegué a mi portal vi que aquel maldito coche oscuro con las lunas de atrás tintadas, estaba esperando en la puerta. ¡Cómo odio esos coches aún ahora cuando los veo circulando por ahí! 

Aquel maldito coche estaba allí, contigo esperando dentro enfadado como un loco. Enfadado como solo la gente importante sabe enfadarse cuando las cosas no salen como ellos quieren. Siempre he sabido que nunca voy a llegar a dejar de ser una doña nadie porque nunca he aprendido a enfadarme como eras capaz de hacerlo tú. 

Creo que nunca llegué a decirte que tenías un tic. Cuando te enfadabas tanto que sentías que no ibas a poder controlarte, te quitabas la corbata y la doblabas tres veces. La dejabas a un lado y luego, supongo que cuando habías dominado tu enfado o cuando lo habías descargado sobre mí, volvías a ponértela muy despacio. Te vi ese tic muchísimas veces hablando por teléfono o de vuelta en el coche después de una cena o comida de esas en las que yo nunca entendía del todo bien que estaba pasando realmente y siempre terminabas volviendo a ponértela muy despacito mientras yo, intentaba no llorar demasiado fuerte. 

Mientras salías del coche, te vi sacarte la corbata y doblarla tres veces y me temblaron las piernas. 

No recuerdo la bronca. No recuerdo demasiado del resto de la noche. Mi cerebro parecía apagarse en parte cuando el miedo empezaba a recorrerme el cuerpo. 

Recuerdo que un poco más tarde, cuando ya estábamos dentro del coche, en algún momento se puso a llover. Recuerdo el paisaje gris que veía a través de la ventanilla. Recuerdo un hotel pero ni siquiera podría decir en qué pueblo o ciudad estaba. 

Recuerdo tu mano en mi pierna. Recuerdo extrañarme al verte conducir a ti. Las personas importantes no soléis conducir, os llevan de un lado a otro y os abren la puerta para que entréis y salgáis del coche. 

Recuerdo pensar que necesitabas afeitarte mientras me besabas antes de hacer el amor. “El amor” una expresión preciosa para el sexo que venía después del daño. Hacer el amor no debería doler, pero dolía y mucho. 

Recuerdo levantarme para ir al baño cuando ya llevabas un buen rato dormido. 

Mientras salías del coche, te vi sacarte la corbata y doblarla tres veces y me temblaron las piernas. 

Recuerdo mi imagen en el espejo, ¡Qué niña y qué bonita era aún! 

Me preocupaba mucho uno de los golpes. El resto se podía tapar, pero aquel se veía demasiado.  

Miré en mi bolso a ver si tenía suficiente maquillaje. Al día siguiente seguro que te ibas a empeñar en ir a comer a algún restaurante caro, y aquel golpe iba a estar oscuro y feo y no podía dejarse así a la vista. 

Cuando encontré un poco de crema con la que poder disimular aquel golpe, volví a la cama y me tumbé a tu lado. 

La calefacción de la habitación estaba a tope, te veía sudando mientras dormías y en cambio yo, temblaba de frío. 

¡Soledad y frío! Esas eran las dos cosas que no me dijiste que me esperaban a tu lado aquella sentada en aquella playa la primera vez que te dije “te quiero”. 

Me dormí sin acordarme de pedirle ningún deseo al año que acababa de nacer aquella noche. Siempre he pensado, que los malditos no podemos pedir deseos.

Los otros, las otras

Ana Morán

Paciencia niña, paciencia, todo tiene su momento. Mi abuela me repetía esta frase para tranquilizarme durante mis ataques de rebeldía adolescente. Aún resuenan en mis oídos esas palabras, como si de un mantra se tratase, rememorando un tiempo que no volverá, esos momentos de descubrimiento, de asombro, de ilusión, de expectación, que no regresarán, pero me transportan a una etapa donde las obligaciones, las responsabilidades no eran otras que estudiar y vivir: el tiempo suspendido.

Dueños de mí

Iria Bouzas

Hay una parte de la sociedad que se ofende cuando exigimos, de forma asertiva, tener el poder de decisión de sobre nosotras mismas.

“Empatía a la hora de follar”

Esta es la petición que hace unos días un grupo de jóvenes hacía a través de las redes sociales.

Una petición que, a priori, no debería suscitar más que adhesiones se volvió una vez más, un torbellino de insultos e indignación por una parte de la sociedad que aún siguen sin comprender que aunque no se autodefinan como machistas lo son y mucho.

Últimamente tengo una racha terrible en el Twitter, estoy saliendo a tuit viral cada dos días, con todo lo que eso supone.
Que de pronto algo que escribes empiece a compartirse como si no hubiera un mañana, implica entre otras muchas cosas, que ya puedes abrir un paraguas virtual que tape tu autoestima de la avalancha de insultos, intentos de humillación y chorreos varios que te van a caer encima.

Mi autoestima viene reforzada de serie, así que estas alturas ya le dejo que se moje con lo que venga porque hace años que he descubierto que todo lo que no venga de personas que me quieran no cala, directamente me resbala.

Pero todo ese alud de información me resulta muy útil, sobre todo los argumentos de personas enfadadas con lo que escribo, al fin y al cabo me dedico a escribir y quieran o no, sus insultos casi siempre se terminan convirtiendo en mi gasolina.

La conclusión que vengo sacando en los últimos meses de las furibundas reacciones de muchas personas a las peticiones que hacemos las mujeres es que hay una parte de la sociedad que se ofende cuando exigimos, de forma asertiva, tener el poder de decisión de sobre nosotras mismas.

¿Cómo es posible que alguien se ofenda porque una persona le pida a otra empatía en las relaciones sexuales?

Si alguien siente que se coarta su libertad cuando se encuentra con este tipo de peticiones, probablemente sea porque hace mucho tiempo ha utilizado su libertad para coartar la otros seres humanos y ahora, no está dispuesto a renunciar a esa dominación. Me da terror pensar en cómo están siendo las relaciones sexuales de muchísimas mujeres que follan con hombres que se indignan hasta el punto de resultar verbalmente agresivos con quienes les piden algo tan básico como empatía.

Estoy acostumbrada a recibir críticas indignadas cada vez que publico un artículo sobre feminismo.

No importa si digo que no quiero recibir piropos, habrá muchos indignados que digan que su derecho a decirme lo que quieran prevalece sobre que yo quiera o sobre lo que yo considere una intromisión.

No importa si explico que me molestan los apelativos del tipo “cariño” o “cielo” por parte de hombres a los que no conozco de nada. Siempre vendrán multitud de personas (muchos hombres y algunas mujeres) a decirme que de eso ni hablar. Ellos me lo dicen con cariño, y tengo que joderme y aceptarlo aunque a mí su cariño me resulte incómodo y no lo quiera.

Da igual si algunos gestos invaden mi espacio personal. Para algunas personas, mi reivindicación de mi espacio no es mía, según la intención que ellos tengan (o digan que tienen) a la hora de invadirlo, ya decidirán si puedo reclamar o no.

En resumen, por lo que parece para algunas personas que no son machistas, yo como mujer, no tengo derecho a decidir sobre mi misma más allá que en las condiciones que ellos me permitan. Vamos, que para no ser machistas tienen demasiado interiorizada la idea de que son los dueños de mis decisiones.

Yo no soy la dueña mis iguales. Supongo que ellos sí se creen dueños de mí es porque no me consideran una igual.

No serán machistas, pero parecerlo, lo parecen. Y mucho además.

Sin líderes pero con compañeras

Iria Bouzas

Volvernos infelices no era suficiente. Para poder tener la certeza de que íbamos a ser totalmente manipulables, también nos tenían que tener aisladas

Dicen que el feminismo está de moda. Estoy convencida de que se equivocan. Las modas vienen y van, el feminismo está haciendo cambios en la sociedad y no va a irse a ningún lado hasta que la igualdad de derechos entre hombres y mujeres sea real y efectiva. Entonces, y en todo caso, podrá descansar un poco.